Por el Lic. Sergio Soler
A punto de ingresar a la sala del cine-teatro Colón para ver la película La Última Enseñanza, me crucé con Federico Gencarelli, a la sazón uno de los protagonistas de la citada obra. Tras el saludo me espetó: “Es una obra hecha con amor”.
Esta frase define cabalmente cómo este largometraje –el primero de la historia cultural rosaleña, dirigido por Elio Guido Caprin Dal Sasso─ en el guión aborda al amor como una cuestión genérica, pero desde las perspectivas paralelas que la vida misma nos propone. Una tristeza generada por la pérdida de seres queridos en un accidente fatal: Dante, un niño de 9 años que pierde a su hermano y a su padre; una abuela que pierde a su hijo y la confluencia de ambas desgracias compartidas en convivencia en una casa cercana al mar.
La soledad y la tristeza acompañan al niño que vive prácticamente encerrado en su cuarto durmiendo casi todo el tiempo en un silencio abrumador, en el que el último sonido que se escucha está compuesto por los pasos de la abuela, los avisos para comer y el viento y el mar como fondo desde la playa. En una de las escapadas Dante conoce a Rockermaster, un duende o un ángel o un amigo imaginario cuya misión es rescatar a Dante de la abulia y la desesperación.
Rockermaster acompaña y brinda lecciones que animan el espíritu del niño para transitar el camino del crecimiento y llevar sus mochilas para adaptarse al mundo. En ese trayecto entre real y onírico Dante se relaciona con el entorno; con Clara, una bella vecina y especialmente con su abuela gracias a la hermosa relación afectiva con Rockermaster, hasta que deviene la última enseñanza tan real como metafórica.
Se destacan en la producción varios componentes dignos de destacar. El libro cuyo texto adaptado a la filmación es todo un desafío en el montaje especialmente por los flashbacks y diferentes cortes debidamente ambientados por la presencia del paisaje marino y del bosque (todo en Pehuen co, acaso una de los parajes más bellos de La Argentina por sus características propias), a lo que se suma la exacta ambientación musical propuesta para cada clima narrativo, los cuales contienen desde propuestas acústicas hasta el rock más fuerte. También se tocan cuestiones inherentes a la condición humana como la amistad, la curiosidad, la energía vital –mostrada en la escena de taichi─, el aprendizaje, la naturaleza.
En ese sentido el histrionismo actoral de Federico Gencarelli –de quien ya conocíamos su faceta musical y literaria─ y de Dante Gencarelli, toda una futura promesa en las artes escénicas. Acompaña correctamente el resto del elenco, la sacrificada abuela y Clara, la vecina a una suerte de hada madrina quien establece una conexión entre el universo de los ensueños y el universo real, interpretadas por Anita Poli y Mirta Gómez.
La puesta en general no tiene nada que envidiar a las reconocidas producciones cinematográficas y, al respecto, se nota la mano de la dirección especialmente en la concatenación de cada acontecimiento y sus diálogos que van mostrando el in crescendodel conflicto narrativo hacia el final, de una belleza metafórica que me reflejó exactamente lo que me había dicho Gencarelli cuando me dijo que esta película había sido hecha con amor.
Me satisface poder recomendar a esta película por varios motivos, a saber, porque es una gran producción cinematográfica argentina; porque ha sido expuesta en distintos escenarios de nuestro país y del extranjero; porque ha sido reconocida y premiada; porque ha sido un producto cultural rosaleño de calidad; porque la dirección, el elenco, los técnicos, los colaboradores son de este pago bajo la Cruz del Sur.
Lic. Sergio Soler.-
