El coraje de dar la cara y la cobardía de vivir del susurro

Por Cristina Rubio

Hay una conducta en la dirigencia política que siempre me ha resultado difícil de comprender y mucho más difícil de aceptar: la facilidad con la que algunas personas construyen opiniones, condenan conductas y descalifican a otros a partir de comentarios que jamás se preocuparon por comprobar.

En los ámbitos del poder nunca faltan quienes se acercan al dirigente de turno para llevarle información, muchas veces incompleta, tergiversada o directamente falsa, con la intención de conquistar su confianza, obtener su simpatía o asegurarse un lugar a su lado.

Y lo verdaderamente preocupante no es solamente la existencia de esos personajes, sino la actitud de quienes, teniendo responsabilidades políticas e institucionales, aceptan esos relatos como verdades absolutas.

Así nacen los prejuicios, las enemistades inventadas y las condenas anticipadas.

Así se construyen imágenes negativas de personas a las que muchas veces ni siquiera se conoce.

Y así también se alimenta una forma de violencia que no necesita golpes para lastimar: alcanza con una mentira repetida, una descalificación pública o una sospecha sembrada maliciosamente.

Recuerdo que cuando comencé a trabajar en política, un compañero me explicó sus razones, acompañadas de numerosas descalificaciones sobre algunas personas muy prestigiosas.

Mi respuesta fue sencilla: yo no los conozco y no puedo juzgarlos por lo que me cuentan. Les pido disculpas, pero no me manejo en la vida con susurros.
Y sigo pensando exactamente lo mismo.

Las diferencias ideológicas no convierten a las personas en enemigos. Pertenecer a otro partido político no significa carecer de valores, de honestidad o de capacidad.
Lo que verdaderamente debería preocuparnos es que quienes tienen la responsabilidad de representar a la sociedad sean incapaces de sentarse frente a otra persona, mirarla a los ojos y plantearle con respeto aquello que cuestionan.

Porque escuchar chismes es fácil. Repetirlos también. Descalificar desde una posición de poder puede resultar todavía más sencillo.
Lo difícil es tener el coraje de preguntar, escuchar, reconocer un error y, si corresponde, pedir disculpas.

El poder no otorga superioridad moral, ni convierte las sospechas en verdades. Mucho menos concede el derecho de destruir la reputación de alguien sin pruebas.
Una dirigencia que se alimenta de aduladores y de relatos interesados termina alejándose de la realidad y confundiendo la obediencia con la lealtad.

Y una sociedad no mejora cuando sus representantes se dedican a multiplicar enfrentamientos personales en lugar de construir soluciones colectivas.

No pretendo que todos pensemos igual. Sería absurdo y, además, profundamente contrario a la libertad que defiendo.
Lo que sí considero indispensable es que aprendamos a disentir sin odiarnos, a cuestionar sin difamar y a ejercer responsabilidades sin sentirnos dueños de la verdad.

Porque la autoridad se puede obtener mediante un cargo, pero el respeto solamente se conquista con la conducta.
Y para mí hay una diferencia enorme entre quienes necesitan rodearse de personas que les digan lo que quieren escuchar y quienes tienen la grandeza de escuchar incluso aquello que les incomoda.

La verdadera fortaleza de un dirigente no está en cuántos lo obedecen, sino en su capacidad de escuchar a quienes piensan diferente.
Y termino con una convicción que me ha acompañado toda la vida: Prefiero una verdad incómoda, dicha de frente, antes que mil susurros pronunciados a mis espaldas.