Cada vez que la Comisario Analía Domínguez se mira el identificador con su apellido en el uniforme de la Policía de Establecimientos Navales (PEN), sonríe y agradece. “Este cartelito no es mío —aclara—. Es de mi tía Alicia, una de las pioneras en la Fuerza. Me lo regaló cuando ingresé”. Misma inicial, mismo apellido y una misma motivación para marcar un camino dentro de la Institución.
Ese sendero, que comenzó en 1995, la llevó a convertirse en la actual Jefe de la División Guardias y Servicios de la PEN, con más de un centenar de agentes a cargo brindando seguridad en toda la Base Naval Puerto Belgrano.
“Creo que es una de las tareas más dedicadas y que requieren mucho amor a la función —asegura—. Trabajé muchos años como oficial de servicio, con frío, con horarios diversos y con la tarea de llegar a casa y atender a mi familia. Hoy, con esta jerarquía, mi propósito es velar porque al personal no le falte lo que necesita para trabajar.”
De Punta Alta por elección
Aunque Analía nació en la ciudad de Córdoba, se siente puntaltense: “Tengo toda mi vida acá”, dice. Sus padres se conocieron allí, formaron una familia, nacieron sus dos hermanos varones y, cuando ella tenía cinco años, se mudaron a Punta Alta.
Acá cursó la primaria en la Escuela Nº 1 y el secundario en el Ex Colegio Nacional. Al poco tiempo de terminar sus estudios ingresó a la PEN impulsada, en parte, por el ejemplo de su tía Alicia y también por una necesidad laboral. “Había dejado el Profesorado de Psicología para dedicarme a mi primer hijo; tenía 22 años y necesitaba trabajar. Se abrieron dos vacantes femeninas y yo conseguí una”, relata.
Primero cumplió funciones como agente y luego, tras rendir el Examen de Competencias en el 2004, pasó al cuerpo de oficiales. Se desempeñó en casi todos los destinos de la Fuerza, pero uno de los que más recuerda y atesora fue su llegada a la entonces recién creada División de la Mujer.
Era el 2006 y, como antes había ocurrido con su tía Alicia, ahora le tocaba a ella ser pionera. Fueron diez años de aprendizaje y crecimiento, en contacto con otras áreas similares de la comunidad local y con el desafío de visibilizar las problemáticas que atravesaban las mujeres en la sociedad.
“Aprender a escuchar a la otra persona fue el motor de una evolución en la atención de las mujeres”, dice Analía. Esa experiencia también dejó una enseñanza que hoy lleva a su función actual: “Ver por el otro”.
Gaceta Marinera
