Y al igual que con los famosos 70 años de peronismo que nunca existieron, buena parte de la gente repite sin tener conocimiento de la historia argentina.
La pobreza en argentina no es estructural, sino condición para un sistema que la formó para servirse de sus integrantes como mano de obra desesperada y desempleada. La derecha conservadora argentina se sirvió de esto durante décadas hasta que llegó el peronismo.
La Argentina agroexportadora de fines del siglo 19 y principios del siglo 20, careció de cualquier proceso industrializador que sustituyera importaciones.
Y si bien el radicalismo lo intento con Yrigoyen en el poder (primer mandato 1916-1922), las condiciones económicas propiciadas por la primera guerra mundial o gran guerra (1914-1918); no hicieron más que profundizar la exportación de materia prima por sobre cualquier manufactura.
Esto creó una alta dependencia del mercado internacional que encontró un freno en 1918 con el fin de la guerra: los países en conflicto cerraron sus economías (Inglaterra nuestro principal comprador de carnes), generando un brusco descenso de las divisas.
Esto derivó en menos producción, exceso de mano de obra y los consecuentes despidos como los casos de los Talleres Vassena y La Forestal. Ambos hechos provocaron huelgas obreras, represión estatal y trabajadores asesinados.
Esta primera crisis dejó en evidencia la necesidad de un modelo económico mixto, que no solo dependiera de las exportaciones de materia prima.
Pero para 1922, si bien el radicalismo seguiría gobernando de la mano de Marcelo T. De Alvear, su plan no fue otro que continuar con la dependencia agroexportadora y el recorte del gasto público bajo la excusa de un menor déficit fiscal.
Pensar en industrializar para sustituir importaciones pasó a ser cosa del pasado, por tanto la dependencia seguía siendo total.
Para 1928 fue electo por segunda vez, como presidente, Hipólito Yrigoyen.
Si bien YPF ya existía desde 1922, se potenció su presencia en el mercado internacional y comenzó un proceso de industrialización incipiente que rápidamente encontró un escollo inédito: la crisis económica mundial tras la caída de la bolsa de Wall Street.
Las grandes urbes de la Argentina habían experimentado un proceso de migración interna, principalmente en ciudades como Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba
Buena parte de la población rural comenzó a trasladarse a las grandes ciudades dónde había trabajo, aunque con un problema estructural: la falta de viviendas.
En ese proceso comenzaron a ocupar tierras libres, donde fueron construyendo viviendas precarias en base a cartón, chapa y madera.
Así fue que, durante fines de la década del 20, nacieron las primeras villas miseria. Hogares en espacios reducidos, con baños afuera y sin agua potable.
Cruzando la calle, de podían observar casas de familias de poder adquisitivo medianamente alta. El contraste era total.
Para 1930, tras el golpe de estado de los conservadores contra el radicalismo, esas villas miserias eran habitadas por familias obreras que además ahora estaban desempleadas y que ya no volverían a su tierra de origen.
Contra lo que se piensa históricamente, el golpista Uriburu consideraba como prioridad la industrialización y estableció un plan para ello, generando un nuevo movimiento migratorio interno desde el campo a las grandes ciudades.
Pero una vez más la ausencia de infraestructura dejó en evidencia la falta de planificación: más gente llegaba a las urbes centrales y debían precarizar sus viviendas. A las villas miserias pre existentes, se sumaron más y más.
¿Y qué hizo el estado argentino en manos de los conservadores? Nada o simplemente dejar que fluya.
Mientras la industrialización avanzaba, a la par crecían las familias en situación de pobreza que habitaban estas villas miseria.
Las villas miseria, en Argentina, son producto de procesos de industrialización no planificados y con ausencia total del Estado.
Entre 1880 y 1930, las grandes ciudades pasaron a tener un 70 por ciento más de población. En números, la mayor concentración de población se dio en espacios donde tener un lugar para vivir -al menos para la clase obrera movilizada- fue sinónimo de precariedad.
No es cierto que estos asentamientos aparecieron durante la década del 40 en coincidencia con los mandatos de Juan Domingo Perón.
Cuando el GOU llegó al poder en 1943, dejando atrás la década infame con los conservadores s la cabeza, nuestro país ya contaba con villas miseria.
Si bien los censos nacionales de la época no detallaban el volumen exacto de este éxodo en tiempo real, el cambio demográfico fue profundo: según los relevamientos oficiales del INDEC, la población urbana pasó de representar un 53% en 1914 a superar el 62% para el Censo Nacional de 1947, reflejando el fuerte impacto de este desplazamiento.
La política de vivienda del primer peronismo (1946-1955) fue un pilar de su plan de industrialización. El Estado financió cientos de miles de casas, destacando modelos de ciudad jardín, chalets individuales y complejos de monoblocks, para garantizar vivienda digna a los trabajadores. El acceso a la casa propia se democratizó gracias a créditos accesibles del Banco Hipotecario. El modelo combinaba urbanización planificada, provisión de servicios básicos y equipamiento urbano, alejándose de las viejas viviendas colectivas para priorizar el modelo unifamiliar. Los planes incluyeron la construcción de grandes barrios obreros e hitos como Ciudad Evita (en el partido de La Matanza, a 20 km de CABA) con 15.000 unidades.
Como reflexión final, los incipientes intentos de industrialización durante el segundo gobierno de Yrigoyen y la década infame tras el golpe de estado de 1930 en un contexto de falta de planificación urbana por parte del estado; marcaron a fuego la historia nacional y las primeras villas miseria que siguieron creciendo durante los 13 años que gobernó la oligarquía nacional de la mano de los golpistas, los conservadores y el fraude electoral.
El peronismo protagonizó un segundo momento industrializador, pero con una planificación urbana que llegó de la mano del primer plan quinquenal.
Pero el golpe de estado de 1955, cuando la fuerza aérea intento matar a Perón y asesino a cientos de argentinos en Plaza de Mayo, puso fin a la segunda etapa industrializadora.
Los golpistas en 1956 decidieron que Argentina ingresará al FMI (algo que el peronismo de negó a hacer). Dos años más tarde, en 1958 y bajo la presidencia de Frondizi, se completó el proceso con la primera toma de deuda con el organismo internacional por 75 millones de dólares.
Fin de otro mito, porque la historia son hechos y no supuestos.
Quique Gómez Lepez
Profesor de Historia
Periodista
Analista político
