En esa carta, que conocimos el 24 de marzo, alertó: “En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiarñ, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales.”
No es una coincidencia. No. Hay ríos subterráneos que medio siglo después conectan con el presente. No es casual que la guita no alcance, que haya que tener tres laburos para intentar pagar el techo y el morfi. No se da porque sí que cierren fábricas o bajen las persianas de los comercios. Hace mucho, mucho tiempo que un grupito de sectores en nuestro país (y en América Latina) trabajan para que Argentina sea una Nación de no más de 5 millones de personas.
El problema para ellos es que somos casi 50 millones. Somos un montón y conocimos de derechos y dignidad. Sabemos lo que significa que nuestros pibes coman, que nuestros viejos tomen sus medicamentos. Conocemos la educación pública, soñamos con estudiar algo en la universidad o un terciario, nos alegramos cuando un familiar se recibe y nos explota el pecho de emoción cuando consigue su primer trabajo.
Nos dan orgullo nuestros logros colectivos. Un futbolista metiendo el último penal a Francia, un satélite argentino en el espacio, o ese premio Nobel que no sabemos bien por qué, pero la rompió toda igual y aguante este país. Sí, somos 50 palos de personas que queremos vivir bien, que sabemos vivir bien, que entendemos que no hay cosa más hermosa que pasar por la carnicería y comprar una tirita de asado para compartir con los nuestros un domingo.
Eso, que se llama dignidad, es lo que describió Walsh en 1977. Esto, que se llama dignidad, es aquello que viene a romper y quebrar Milei en 2026. 50 años de la dictadura. Un montón de años. Medio siglo. Allá, por 1976, los que vinieron a romper el trabajo y las fábricas, necesitaron de las Fuerzas Armadas para exterminar a muchísima gente. 30 mil personas. Eran personas que querían un mundo justo y digno. Las desaparecieron, robaron la identidad de sus bebés. Mientras quedara una semillita de resistencia sabían que iban a tener problemas.
Después nos llevaron a la guerra en Malvinas, último acto trágico de la dictadura genocida. Los pibes que fueron a Malvinas fueron hijos del pueblo. Ese pueblo que la dictadura persiguió, los mismos que soñaban con un país digno.
Hoy llegaron con el voto. Pero el plan es el mismo. Usaron otros medios para silenciar. Las redes sociales, la agresión y descalificación. Y ahí están. Vendiendo nuestro país. Regalando la Patagonia, la Antártida, nuestros glaciares, el agua dulce, el cobre, el petróleo. Ahí están, celebrando que no tengamos laburo y diciendo que es nuestra culpa porque no sabemos laburar. El plan es el mismo, las formas cambiaron. Por eso levantamos las banderas de la Memoria y la Verdad. Conocer qué nos paso y leer este presente con esos anteojos. Por eso seguimos pidiendo Justicia. Esa Justicia es la condena al represor, y la reparación a nuestra Patria que merece, de una buena vez, salir adelante con independencia económica, con soberanía política y con justicia social.
Fuente: InfoCielo
